La Anulación Como Método

En esta ocasión, quiero dedicar éste post a una forma de relación social y afectiva que, podría decir, se da en prácticamente cualquier encuentro observado, las basadas en la anulación. Según la RAE, anular es la capacidad de incapacitar o de desautorizar a alguien, por lo que se sobrentiende un ejercicio de control del anulador sobre el incapacitado. Ésta forma lo he observado generarse mucho en las relaciones afectivas entre parejas, desde su formación hasta su establecimiento, y también de parientes a descendencia.

En términos de nuevos encuentros, la anulación que se perpetra hacia las mujeres es abismal, desde los mal llamados piropos, hasta el acoso por la calle, transporte público y lugares públicos y privados. Se lleva a cabo también cierta anulación debido al secuestro de atención que puede ocurrir en un pub, discoteca o cualquier lugar de ocio, en las entrevistas de trabajo o incluso en el mismo trabajo, en donde se menoscaba una misma tarea porque haya sido firmada o hecha por una mujer (dejo aquí el enlace a un pequeño e interesante experimento que lo demuestra:

http://verne.elpais.com/verne/2017/03/12/articulo/1489318560_920454.html

En los términos dentro de una relación afectiva de pareja, la anulación se ejerce más activamente del hombre hacia la mujer, en multitud de tareas y de muchas formas (menos cavando sus habilidades y su rango de acciones). Pueden ser formas activas, en donde el hombre provoca una dependencia de la mujer hacia su persona (lo explicaré después con una escena análoga usando una bicicleta), o también formas pasivas, en donde rechazan toda iniciativa de la mujer, para proponer alternativas basadas en la obligación.

En el caso de la anulación física, se produce por mantener un rol de utilidad y codependencia hacia la mujer. Como explicar esto me llevaría bastante más que un par de párrafos, usaré una escena: imaginemos una pareja, que viven cada uno en su piso, pero tienen cierta convivencia; a la chica, que le apetece montar en bicicleta, tiene una de algún familiar en el trastero. La pobre bici está algo oxidada y necesitada de varios apaños, pero es funcional. La chica en cuestión sabe que su pareja se le dan muy bien arreglar bicicletas, por lo que le pide ayuda. Antes de pasar al siguiente párrafo, intenta imaginar cómo se desarrollaría  la escena según tu propia experiencia.

 

 

Una vez imaginado, te contaré dos versiones, la anulatoria y la incentivadora.

  • En la anuladora, el hombre quizás se preste para arreglarla la misma tarde o en los días siguientes, o puede ser que procrastine la acción hasta que la mujer se irrite por su falta de iniciativa. También puede ser que ella ofrezca la iniciativa de que le enseñe y él se niegue. En cualquier caso, él se la arreglaría, pero ¿dónde está la anulación? Sencillo, en que no hay aprendizaje (recordemos, incapacitación).
  • En escenario del incentivo, ya sea por petición de la mujer, o por iniciativa del hombre, éste último comparte sus conocimientos con ella, le muestra el mecanismo, hasta que conoce hasta el último tornillo de su bici.

Dos escenarios, con un mismo resultado físico (bici arreglada), tienen dos resultados significativamente diferentes. En el primero, se decusa la dependencia de la mujer hacia el hombre (provista por ambos), y la final incapacitación respecto a las bicicletas. En el segundo, se trabaja y valora mutuamente la autosuficiencia y la independencia (valores contrarios a las relaciones humanas actuales, movidas por la dependencia afectiva mutua y al apego tóxico por no sentirse sol@), lo que conlleva una sensación de confort y un crecimiento del amor propio remarcable. Dicho chute de euforia sumaría positivismo a ambas partes individualmente, y a la relación en sí misma.

Éste ejemplo puede extrapolarse a muchísimas acciones que provocan que la mujer detenga su crecimiento y evolución, para estancarse y depender en multitud de factores de su pareja, idea que no hace falta mencionar que es excesivamente tóxica, aparte de que perpetúa los roles machistas de sumisión y dependencia.

 

En los términos familiares, me gusta mencionar una escena que he visto repetidas veces en parques y lugares concurridos. La escena comienza con el paseo de una familia joven por un parque, cuyos integrantes son una madre, un padre, un hijo y una hija, y todos vestidos de paseo en el parque (ni arreglados ni deportivos). Es un soleado domingo de abril, hay otros muchas familias reunidas en ese lugar, y bueno, todos los detalles que podáis/queráis imaginar.

En cierto momento, l@s pequeñ@s quieren ir a jugar con sus iguales, por lo que avisan a sus padres de sus intenciones. Pueden imaginarse muchas respuestas dadas por los progenitores, pero me centraré en unas en concreto.

La primera frase que puede esgrimir alguno de los progenitores, sería algo como “nen@, juega lo que quieras, pero no te ensucies ¿vale?”. Cuando l@s niñ@s lo escuchan, es evidente que hacen caso omiso, pero el ensuciarse conlleva luego algún tipo de castigo. La consecución de castigos, hacen aprender a l@s niñ@s que deben jugar sin ensuciarse, cosa que a su edad es difícil controlar, por lo que se reprimen. En caso de las niñas, es más acusado, dado que las exponen a la no interacción con los demás (dado que van muy monas, y no pueden ensuciarse claro –ironic-).

Cuando se pervierte la tríada del aprendizaje de l@s niñ@s (integración, juego y atención), siempre tiene ciertas consecuencias y en éste caso, es una anulación de su progreso y crecimiento social. Los miedos crecen, se sesgan las iniciativas propias y su instinto de aventura y curiosidad (“niñ@, ten cuidado, que te vas a hacer daño”), por lo que se genera un retraimiento emocional ligado a éste sesgo.

Al interrumpir el flujo normal del aprendizaje, l@s niñ@s suelen buscar maneras diferentes de juego, integración y atención, como el uso de la imaginación. Y claro, éste uso de la imaginación, también está sesgada por los padres, dado que sugerirán (o impondrán, según cual sea el caso) roles tópicos (que no típicos) de machote y mujercita.

Visto así, parece casi evidente que la hipersexualización y desequilibrio emocional viene de la mano de los progenitores. La hipersexualización vendría dado por la inclinación de los padres a diferenciar tareas, juegos y charlas “para chicos y para chicas”, es decir, que según cual sea el sexo de su niñ@, jugarán o aprenderán a unas u otras cosas. Se me hace difícil ver como promedio (ya me encantaría) que los progenitores enseñen lucha, mecánica o deportes forzosos a sus hijas (tópicamente reunidos para el sexo masculino), y que enseñen a su hijo a cocinar por ejemplo, y no le aparten para poner a la niña.

El desequilibrio emocional también se produce con pequeñas frases u órdenes. El efecto final es la anulación emocional del niño, en donde casi solo se le invita a expresarse con ira, euforia o territorialismo (ya que no es de machos llorar, dar besos o abrazos), y la sobre expresión de las emociones de la niña, en donde, apartada de acciones deportivas o de desgaste físico, retiene mucha energía que aplica a juegos y acciones de poca inversión energética, que se traduce en tal sobre expresión (hay más factores en ambos sexos, es evidentemente, pero solo remarco los más visibles).

En conclusión, cabe destacar que sólo las mujeres conocen las sensaciones continuas de anulación (si, los hombres también sufren diversas formas, pero lo que refiere a las mujeres, está institucionalizado), por lo que ni puedo imaginarme la carga emocional y personal que resulta de ello.

Respecto a las familias, solo podría decir que los padres siempre joden a sus hijos, quieran o no quieran, siempre y cuando no hayan hecho un ejercicio de reflexión para que situaciones como éstas, sean en la niñez, adolescencia o adultez, no se den nunca.

Como siempre digo, si te trabajas a ti mismo y a tu alrededor, ya estás cambiando el mundo, por lo que cada progenitor debe formarse y pensarse antes de concebir plan o hij@ alguno, para que obtenga una vida lejos de los miedos, pero cercanos al valor.

 

Rubén Bertos

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